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El gran sueño de una gran mujer

Mi trabajo como periodista especializado en recorrer el Perú, y con ojo ingenuo descubrir matices por mil en aquellos territorios donde se sintetizan la naturaleza, la historia y la cultura viva –territorios que podrían ser la principal fuente de riqueza y desarrollo para nuestro país, mediante adecuadas puestas en valor- ese trabajo me lleva a una conclusión paradójica. He visto mucho, muchísimo en trece años de viajar de manera profesional por aquí y por allá, pero tengo el conocimiento del área de un océano, con un milímetro de profundidad. La dinámica que me demanda producir dos programas de televisión al mes, de media hora de duración cada uno, en lugares ciertamente alejados de mi casa (el Perú tiene un superficie de un millón de Km2 y la diversidad de un rompecabezas mezclado con otro), es un obstáculo para que yo pueda, como quisiera, profundizar en ciertos espacios, comunidades, monumentos, patrimonios naturales, que suelen tener un valor excepcional, a condición de saber descubrírselo. Es por ello que cualquier oportunidad que se me presente para ahondar en el contacto con algún bien patrimonial interesante, la aprovecho hasta sacarle la última gota.

Hace cosa de tres años (o más, ya la memoria juega en mi contra) yo pasaba un fin de semana veraniego en la casa de playa de unos amigos. Tarde, a las diez de la noche, recibo una llamada en mi móvil. Una voz de mujer, muy simpática y fresca, se identificó como Marcela Temple de Pérez de Cuéllar, y añadió, “tú no me conoces pero yo sí a ti a través de la televisión”. Nos reímos ambos de la ironía, puesto que don Javier Pérez de Cuéllar y su esposa, doña Marcela (ahora, en la memoria), pertenecen al grupo de peruanos universales más respetados del Perú. Pasado ese divertido protocolo inicial, Marcela fue al punto. Había sido designada Presidenta de World Monuments Fund en el Perú, se sentía muy halagada por ese hecho y tenía unas ganas enormes de tomar el cargo y hacer lo que tuviera que hacer, de la mejor manera posible. Eso, según me precisó, implicaba tener buenas fuentes de información sobre nuestro país, fuentes confiables, que pudieran ayudarla oficiosamente, mediante el compromiso que da la amistad, a tomar buenas decisiones, a ella y a su equipo. Desde nuestra primera reunión, que se produjo unos días más tarde, surgió entre Marcela y yo una amistad única, marcada por el interés común en beneficiar a nuestro querido país, mediante el rescate y la puesta en valor de algunos de los infinitos bienes patrimoniales que poseemos. Pero lo que me sedujo de la visión de Marcela fue algo que yo sigo como principio permanente de trabajo: todo proyecto de rescate, conservación y puesta en valor, tiene que estar relacionado desde sus inicios con las poblaciones locales. Teníamos, en ese sentido, la misma concepción: si el bien recuperado no impacta favorablemente en la calidad de vida de los pobladores del lugar –quienes son en definitiva los propietarios simbólicos del bien-, pues el proyecto no se sostendrá en el tiempo. Solo la apropiación del mismo por parte de la gente, garantiza su vigencia para hoy y los tiempos venideros. Educación, capacitación, participación en las tareas de conservación, generación de empleo, beneficios derivados del turismo, reivindicación del papel de la mujer, pero sobre todo, el incremento de la autoestima, que es el mejor antídoto contra la pobreza. Marcela y su excelente equipo, conformado por el abogado Juan Pablo de la Puente y la comunicadora Mariella Cafferata, quien ya dejó la institución, dedicábamos muchas horas, maravillosas horas discutiendo sobre los proyectos de WMF, los ya entregados, los que estaban en curso y los que habrían de venir. Muchas cosas valoro yo de esas reuniones, a las que Marcela llamaba “del cafecito dulce”; pero lo que mejor recuerdo es la impresionante personalidad de Marcela, siempre discreta, siempre buscando el consenso, siempre abierta, democrática y siempre con un sentido del humor brillante, indispensable para contrarrestar los muchos obstáculos que en sus funciones debía encontrar. Y otro factor que también atesoro es el hecho de que en esas reuniones escaseaba, si es que no estaba del todo ausente, la banalidad. La banalidad es parte de la atmósfera en el trabajo periodístico (y de la vida limeña, dejémonos de eufemismos), y a mí me produce alergias. Por ello, los cafecitos dulces me resultaban ocasiones privilegiadas para recuperar el sentido del pensamiento, el análisis, la reflexión y el aterrizaje de ideas en proyectos. Lamentablemente Marcela murió hace unas pocas semanas y en demasiadas cosas resulta ya irremplazable.

Pues bien, Marcela ya había avanzado en ciertas gestiones para entrarle a un monumento de especialísima importancia, situado en Lima. Se trata de un palacete conocido como la Quinta de Presa, que está emplazado en el Rímac, un barrio hoy bastante patibulario pero que hasta los años 20 del siglo XX tenía solera, y sobre todo, en tiempos del Virreinato. En un gran espacio, lleno de huertas y de chacras, en 1780 el aristócrata Pedro Carrillo de Albornoz, Conde de Montemar, hombre riquísimo debido a que producía caña de azúcar cerca de la capital, construyó la quinta, en un depurado estilo Rococó. Entre otros indicadores, la fortuna de don Pedro se medía por la cantidad de esclavos negros que poseía: seiscientos, para trabajar en dos haciendas. Este hombre mandó construir la quinta como casa de recreo, no de habitación (no tiene dormitorios, sino apenas uno para hacer la siesta, entre otras expresiones de bienestar). Lo que se llamaba una folie, donde hacer meriendas, fiestas, representaciones teatrales, música. Muy a lo Fragonard. La casa es una delicia, no muy amplia para dejar el espacio a los jardines y sobre todo, a los acueductos y fuentes, que están por todas partes. Tiene dos pisos y en la parte trasera una gran galería con balaustres, que originalmente se extendía en una escalera que descendía a los parterres, pero que un terremoto barrió con ella. En el interior hay salón de los espejos, sala de juegos, comedores, el cuarto de la siesta, y un hermoso oratorio que se cierra y desaparece, con las imágenes pintadas de san Pedro y san José, pues el descendiente de Carrillo de Albornoz que las mandó hacer, se llamaba Pedro José. Eso está intacto. Los muros exteriores de la casa tienen un horrible trampantojo, que imita muy mal el mármol, pero por su cursilería es digno de dejarlo tal cual.
Una larga y compleja historia determinó que la Quinta de Presa terminara en manos del Estado peruano, y específicamente, en las de la Policía Nacional, que en más de una ocasión ha intentado tumbarla. Actualmente es de propiedad del Ministerio de Cultura. Hoy se la respeta, pero todo el entorno del jardín está rodeado por construcciones, digamos, policiales: un hospital, oficinas, canchas de fútbol. Sin embargo, cuando se visita la Quinta de Presa, un chorro de fantasías se viene a la cabeza. Es urgente recuperarla y ponerla en valor bajo alguna forma que respetando su carácter de monumento, sea a la vez un espacio vivo, y no un museo yerto. La casa tenía algo de mobiliario y objetos decorativos, parece que nada muy valioso ni numeroso, y que hoy se encuentra almacenado en otro lugar. La primera tentación, la más estándar, sería quizás la de hacer un museo virreinal para Lima, que ciertamente no lo tiene. Pero Lima tiene demasiados museos, pobremente conservados los estatales, que contienen maravillas. La Quinta de Presa estimula a hacer algo de mucho mayor alcance. A mí se me ocurrió, por ejemplo, una idea probablemente boba –tengo la legitimidad del lego en temas de puesta en valor- pero pensé que podría ser un magnífico centro de interpretación de todos nuestros patrimonios de UNESCO, una cosa interactiva, con holografías, con animaciones, con objetos y con videos y etcétera. Nadie sabe en el Perú que tenemos doce (¿o trece?) patrimonios de UNESCO, y sería de gran importancia contar con un lugar para aprenderlo pero de manera estimulante y no solamente pasiva.

Cuando hablo de la visita que hice a la Quinta, me refiero a que el bueno de Juan Pablo de la Puente me sumó a una incursión que tenía programada para la semana que pasó, en la que iban a estar él, el historiador Paul Rizo Patrón, quien conoce más sobre la quinta que nadie y eventualmente el vice ministro de Patrimonio, del Ministerio de Cultura, pero justo ese día el Ministro de Cultura, Luis Peirano, renunciaba al cargo y con él, sus funcionarios de confianza. En lugar del vice ministro Rafael Varón, estuvo un historiador joven y brillante, peruano pero residente en París, Juan Carlos Estensoro. Y por supuesto, Elías Mujica, arqueólogo de mi generación (tengo 62 años) que destaca por ser uno de los gestores culturales más importantes del país, y muy cercano a WMF. La visita para mí fue una delicia puesto que escuché hablar no solamente sobre la quinta, su significado, la historia de Lima y tal, sino y lo más importante, sobre un punto en el que Marcela habría estado de absoluto acuerdo. El barrio donde está la quinta está muy degradado, y en medio del deterioro, sobreviven restos con los de esta, o la Alameda de los Descalzos, o el Paseo de Aguas, de gran mensaje virreinal pero ahora completamente venidos a menos, saqueados. Esto está muy cerca, a diez minutos caminando, del Centro Histórico de Lima, ya bastante recuperado y visitado por el turista interno y receptivo. Pero hay un abismo entre este centro y el Rímac, marcado por la tugurización, la pobreza y la inseguridad. El consenso entre el grupo de visitantes es que carecería de sentido recuperar la Quinta de Presa como si no tuviera un contexto. Y que lo importante sería contar con un esquema que fortaleciera la relación de los habitantes actuales del barrio, con esta serie de monumentos, que tarde o temprano, dado su valor, van a ser rescatados. Pero de manera integrada, para que todo esté vivo y bullente, con la gente del siglo XXI, del Rímac, de todo Lima, de todo el Perú, del mundo.

Un detalle importante radica en que la Quinta de Presa es uno de los pocos ejemplos de la arquitectura virreinal civil en Lima. En cuanto a arquitectura religiosa, Lima tiene portentos, como ninguna otra ciudad de América. Pero aparte del Palacio de Torre Tagle, la Casa de Osambela, la de Pilatos y algunas más, el mensaje de la sociedad civil antigua no está presente, y la Quinta de Presa, recuperada y puesta en valor, puede aportar a transmitirlo, con el delicioso componente la gratificación de los sentidos. Por mi trabajo he tenido la oportunidad de conocer opiniones de muchos turistas que visitan el centro de nuestra capital, y terminan saturados de tanta imagen religiosa, de tanto claustro y de tanto martirio barroco. Se preguntan, ¿y dónde quedaban el placer, la sensualidad y la alegría?: en la Quinta de Presa, por ejemplo.